Durante mucho tiempo pensé que el amor debía doler

No porque me lo hubieran enseñado así, sino porque era lo único que conocía dentro de aquella relación. El sufrimiento se volvió rutina, y yo, sin darme cuenta, empecé a desaparecer. Primero fue el cansancio. Luego la tristeza constante. Después, la medicación. Antes de eso, dos años de terapia intentando entender por qué amar a Narciso me estaba rompiendo por dentro.

Yo lo amaba.

Lo sigo diciendo sin vergüenza. Amar no fue el error.

Nunca supe con certeza si Narciso era un narcisista. No me corresponde diagnosticarlo. Pero sus actos, sus silencios, su frialdad selectiva… todo encajaba demasiado bien en esa descripción que yo aún no me atrevía a pronunciar.

Cuando comencé a medicarme, algo cambió. No fue felicidad. Fue claridad.
Por primera vez mi mente dejó de traicionarme. Dejé de justificarlo. Dejé de explicarlo. Dejé de mentirme.

Narciso vivía lejos, a casi nueve horas de autobús. Vino a verme con una condición: que yo organizara algo para él. Antes, eso me habría parecido normal. Esta vez vi la manipulación con una nitidez casi dolorosa. Aun así, acepté. No porque creyera en él, sino porque necesitaba comprobar algo.

Me hice una pregunta sencilla y brutal:
¿Qué me ata todavía a esta persona?

La respuesta tardó días, pero llegó.
Era la esperanza.
La esperanza de que me quisiera y no supiera demostrarlo. La esperanza de que su crueldad fuera miedo. De que mi llanto fuera el precio de su amor.

Entonces empecé a observar.
Con distancia. Con frialdad. Con honestidad.

Me di cuenta de algo que me atravesó como un cuchillo: a mí no me dejaba abrazarlo. Decía que no le gustaba el contacto. Pero a otros sí. A otros no los rechazaba. A otros no los hacía sentir pequeños.

Ahí empezó mi despedida, aunque él no lo supo.

Decidí perder mi dignidad una última vez. No por él, sino por mí.
Planeé una obra. Tres actos. Vida real. Escenario cotidiano. Yo como espectadora de la persona que decía amarme.

En los primeros actos vi contradicciones. Mentiras antiguas disfrazadas de cansancio. Lo llevé a caminar. Solo caminar. Sin destino. Solo estar juntos. Se quejaba, como si la intimidad fuera una carga. Como si compartir silencio y pasos fuera un castigo.

El tercer acto fue el final.

Le canté.
Con todo lo que me quedaba de amor. Con la voz rota. Con el cuerpo temblando. Lloré tanto que tuve que sentarme en el suelo. Sentía que me deshacía.

Él no hizo nada.

Ni una caricia.
Ni una palabra.
Ni un gesto.

Le pedí un abrazo. Uno solo. El último.
Me rechazó.

“Ve a bañarte. Tranquilízate”, dijo.

Me duché. Me vestí. Y en silencio abracé mi propio corazón roto. Lo hice sin que me viera. Porque ese abrazo ya no le pertenecía.

Días antes me había invitado a un recital en su ciudad. Acepté ir. No por ilusión, sino porque necesitaba cerrar el círculo. Intentó cancelarlo a última hora. No me sorprendió. Antes ya había avisado a un amigo para que me convenciera de no ir.

Subí al autobús igual.

Cuando le dije que ya estaba en camino, apareció su enfado habitual. Lo desactivé con una sola frase: iría sola. Él no tendría que verme.

Ahí sentí algo nuevo: rabia… y alivio.
Mi mente ya sabía la verdad.

Llegué a la ciudad. Me hospedé sola. Él no quiso verme. Me mandó la entrada del recital a través de otra persona. Pensó que así me destruiría. Pensó que me dejaría llorando.

No lloré.

Fui sola a mi primer recital. En una ciudad desconocida.
La música era limpia. Armónica. La disfruté como nunca imaginé. Siempre creí que ese momento sería con él. Y no. Fue conmigo.

Caminé. Saqué fotos. Visité a un amigo. Incluso lo busqué, no para humillarme, sino para comprobar si aún tenía poder sobre mí. No apareció.

Y yo seguí respirando.

Al día siguiente regresé.
Al despertar, con la mente en calma, lo bloqueé de todo. Sin despedidas. Sin explicaciones. Eliminé cada foto. Cada rastro. Cada ancla.

Sentí una felicidad serena. Profunda. Real.

Después entendí por qué funcionó:
Narciso nunca supo que me estaba despidiendo. Creyó que todo giraba en torno a él, incluso mi dolor. Pensó que yo era peligrosa, que podía hacerle daño. No entendió nada. Y eso fue perfecto.

No le guardo rencor.
Tal vez él también esté roto. Tal vez su vacío tenga nombre. No es mi tarea salvarlo.

Yo sigo queriéndolo, sí.
Pero ya no me duele.

Ese amor ahora es memoria. Enseñanza.
Cuando mi mente intenta confundirme, recuerdo la obra. El viaje. El recital. Y en dos segundos vuelvo a mí.

Dejé la medicación. Continúo en terapia. Ya no por él. Por mí.

Ha pasado casi un año.
No he llorado ni una sola vez.

Hoy tengo una pareja que me cuida, me respeta y me quiere de verdad.
Y, por primera vez, sé que el amor no debería doler así.

Compartir este artículo
No hay comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *