Mi horario, sobre el papel, era claro: de seis de la mañana a dos de la tarde. Mi función también: digitalizar, ordenar, crear, dar forma a una estrategia de marketing que nunca terminaba de nacer. Nada de coches. Nada de talleres. Nada de relevos imposibles.
Pero en el mundo de Narciso, el papel no significaba nada.
La realidad era otra. Siempre lo fue. Tenía que estar a las seis y también a las seis de la tarde. Coordinando entradas y salidas, haciendo de bisagra humana entre turnos, fuese lunes, domingo o festivo. Lo acepté como se acepta todo cuando el miedo se instala: sin protestar, sin preguntar, sin levantar la cabeza.
Un día, Narciso decidió algo más. Decidió que no quería que nadie lo molestara.
Ni trabajadores.
Ni amigos.
Ni repartidores de cosas que él mismo pedía.
Ni nadie.
Pero los favores seguían existiendo. Solo que ya no eran para él: eran nuestros.
Para proteger su silencio, nos partió el día en dos. Turno partido. De seis a doce y de cuatro a seis, más los relevos. Un horario absurdo, innecesario, diseñado no para producir, sino para aislarlo. Para que el mundo orbitara alrededor de su incomodidad.
Yo obedecí. Como siempre. Porque Narciso estaba en pleno proceso de separación y, en su cabeza, el universo entero giraba a su alrededor. Todo era urgente si le afectaba a él; todo era prescindible si afectaba a los demás.
Un día cualquiera recibí una llamada. Era su pareja. Me pidió, por favor, si podía ir a recoger a su hija al colegio y llevarla a casa. Acepté sin dudar. No por obligación laboral, sino por humanidad.
La pregunta vino después, inevitable:
¿Por qué no iba su padre?
—Estoy muy ocupado. Ve tú y luego te vienes.
Eso fue todo.
Así que fui. Recogí a la niña. La llevé a casa. Cumplí algo que no me correspondía, pero que alguien tenía que hacer. Y después regresé al trabajo para cumplir, también, el turno partido que no tenía sentido.
Cuando llegué, entendí qué significaba “ocupado” para Narciso.
Estaba frente al ordenador. Concentrado. Absorbido.
Viendo vídeos en YouTube.
Tutoriales del dron que acababa de comprarse.
No hablaba. No trabajaba. No pensaba en nadie más.
Solo miraba la pantalla con la devoción de quien se cree importante por tener un juguete nuevo.
Y allí, de pie, cansado, con el día roto en dos, con una responsabilidad que no era mía pesándome en los hombros, sentí algo más que rabia. Sentí vergüenza ajena. Y tristeza.
Porque no estaba viendo solo a un mal jefe. Estaba viendo a un supuesto padre eludir sus obligaciones mientras otro adulto —yo— sostenía lo que él dejaba caer.
No dije nada.
No podía.
El miedo seguía ahí, apretándome el pecho. Y Narciso, como siempre, ni siquiera se dio cuenta del daño que acababa de causar. Porque para él, el silencio de los demás era prueba de que todo estaba bien.
Pero no lo estaba.
Ese día entendí que no solo me robaba el tiempo, la dignidad o el horario.
Me estaba obligando a ocupar un lugar que no me correspondía.
Y que, en el mundo de Narciso, la responsabilidad siempre era de otro.