Yo no sabía nada de vehículos. Nada. Para mí un motor era un ruido y poco más. Aun así, allí estaba, en un taller que no era un taller, arreglando un vehículo junto a otra persona tan perdida como yo. Dos cuerpos improvisando, aprendiendo a base de miedo y torpeza, intentando que algo funcionara sin saber muy bien por qué debía funcionar así. Éramos empleados sin manual, sin formación, sin red. Narciso, en cambio, era…